En el pabellón de Cantillana vemos que un niño de entre 8 y 12 años necesita unos 8 minutos de adaptación antes de estar listo para reaccionar al volante. No es un problema de falta de interés ni de falta de disciplina; es una cuestión pura de inercia cerebral.
"Si el monitor exige intensidad máxima en el minuto 1, el niño se frustra porque sus reflejos aún están adaptados al ritmo de la pantalla."
El ritmo del coche al pabellón
El niño llega en el coche de los padres con la aceleración mental del día. Si el entrenador intenta meter correcciones técnicas nada más empezar, las instrucciones rebotan. El cuerpo se mueve con los pies desordenados porque la cabeza no ha aterrizado.
La solución del monitor en la moqueta
Por eso aplicamos la primera regla del decálogo: los primeros 8 minutos se dedican a la pelota, la respiración y la movilidad sin raqueta. El móvil se queda guardado en la mochila desde el primer momento, convirtiendo el polideportivo en su último refugio analógico.
El grupo no coge la raqueta hasta que todos han realizado el circuito de pies en la escalera de agilidad y la respiración de grupo. El resultado: las sesiones se aprovechan al doble y los niños terminan sin la sensación de tensión.