El error biomecánico (un mal golpeo o una mala pisada) casi siempre tiene una raíz emocional previa. Cuando el monitor grita o corrige con vehemencia en ese instante, lo único que logra es apretar más el nudo emocional en la cabeza del niño.
"En Cantillana el error no se castiga; es una señal clara que nos dice en qué punto exacto se encuentra el aprendizaje del alumno."
El monitor como ancla de serenidad
Antes de soltar una instrucción técnica complicada, el monitor debe asegurarse de que el deportista ha "aterrizado" emocionalmente. Si no calmamos la ansiedad por el fallo, la raqueta se vuelve pesada y el niño acaba aborreciendo la actividad y dejando el club.
Desdramatizar el punto directo
En las sesiones enseñamos a los chicos a normalizar el fallo. Un volante enviado a la red es simplemente información útil para ajustar la altura en el siguiente saque, no un juicio de valor sobre su capacidad.
Aplicamos la pauta de 'Habla poco, que jueguen mucho'. El monitor no da sermones largos tras el error; transmite calma con la mirada, permite que el grupo siga jugando y realiza el ajuste en el siguiente reinicio.